Y aquí estamos. El hombre de las estrellas nos ha enviado a su mensajero una vez más. En el incierto silencio, llega con una pregunta como eco. Después de diez años de ausencia, David Bowie, el mismo ser pálido al que siempre hemos visto con un pie en el futuro más imposible, regresa al planeta con una canción que nos interroga, con un zarpazo directo a la nostalgia, por aquel lugar en el que quedaron nuestros recuerdos. Where are we now?, where are we now?, es la pregunta que se expande, como el borrador de algún universo, a lo largo de una melancólica y elegante melodía. Pregunta que es a su vez el título de la canción que, comunicada a los mortales el mismo día del cumpleaños sesenta y seis de aquella deidad estilizada, sirve de abrebocas para lo que será The Next Day, un nuevo disco que eleva de las cenizas a esa figura icónica de la música del siglo XX, una que parecía haber desaparecido para no querer volver.

Han sido diez años desde el último trabajo de estudio de Bowie, diez años en los que, al menos en el ya cómodo universo del pop, ha pasado de todo y, a la vez, se han sucedido incontables naderías y repeticiones de lo que parece ser ya una historia inmóvil. Diez años que, sin embargo, y en cálculos precisos del tiempo-bowie, apenas alcanzan a sumar el parpadeo a la vuelta de un día.

Ese momento, sí, solo ese momento. La última vez que se tuvo noticia de un disco de Bowie fue en el 2003, con Reality, una dispareja colección de canciones que, casi como una continuación del Heathen del 2002, encerraba un sonido flamante, actualizado, ajustado a una suerte de realidad ya no tan cercana a los experimentos y viajes al futuro de sus años de gloria, pero sí con algún brillo e intento de búsqueda y, también, con el color de la ironía de un mundo no tan amable y el barniz melancólico de un hombre en tránsito firme por sus cincuenta años. Esos dos discos, aspavientos del nuevo milenio, se presentaban sin tinglados como un nuevo impulso en su carrera, un antojo más de reinvención. Todo como siempre fue. Los buenos tiempos. Y sí, todo en el curso habitual, un disco más para ser exhibido en una gira más, el deliro frecuente hasta que en el 2004, durante una presentación en Alemania, el corazón del protagonista de esta historia encendió sus alarmas de agotamiento.

Una arteria tapada bastó para una intervención de hospital, la cancelación de una gira que planeaba darle la vuelta al mundo, y el comienzo de un paréntesis que terminó este año. Después de aquel incidente, un Bowie que no había calculado del todo la aparición repentina de la muerte, como un personaje más de su universo de máscaras, se encerró a dejarse devorar por la calma doméstica. Una pequeña hija de cuatro años a la que quería ver crecer (como no había sucedido con Zowie, su abandonado y luego recuperado hijo con Angela Barnett), algo del aburrimiento de la repetición y el terror de los días que se agotan, encarnaron en Bowie a la que se dejaba ver como la última de sus transformaciones, la del silencioso y decadente artista en retirada. El silencio repentino para un artista que siempre se disfrazó de apasionada vanguardia, para un músico de aliento inagotable que sedujo sin calma, década tras década.

Salvo contadas apariciones al lado de Arcade Fire o David Gilmour, fueron diez años en los que Bowie, que siempre había sido tan afecto a exhibirse, poco se dejó atrapar sobre un escenario. Se le veía, sí, pero en exposiciones artísticas, en obras de teatro, caminando tranquilo por la calle. Tanta calma solo podía entenderse como la despedida por la puerta trasera de un artista que se había atrevido a las acrobacias del simbolismo y el glamour. Rock and roll suicide.

Hasta que, de la nada y sin avisar, reapareció para preguntarnos en qué lugar quedamos desde la última vez que nos vimos. La primera sensación que deja Where Are We Now?, si tratamos de alejarnos de toda la conmoción que produce el retorno, es de desconcierto, incluso de sospecha. ¿Por qué habrá escogido Bowie esa lenta, lentísima canción de una sencillez soberana para romper el silencio? Tendrá sus razones, en especial cuando ya Tony Visconti, el eterno productor (uno al que todavía le debemos todos los reconocimientos por esa complicidad tan provechosa), adelantó que el disco tiene un espíritu más agresivo, más “rock”. Lo cierto es que esa fría balada, que se decide a mostrar su emoción en sus últimos segundos, puede leerse como un guiño al silencio, a la nostalgia y, por qué no, a lo poco que le importa a Bowie, a estas alturas, verse como el revolucionario que siempre fue. Y ahí, tal vez, está el nuevo giro de tuerca. En un mundo que oscila entre los escándalos de lo pomposo, entre la asfixia de la clonación y los nuevos lanzamientos, la canción es una invitación a decirle no al ruido. La voz, tal vez más apagada, envejecida porque ya lo debe ser, y el video tan fuera de lugar, tan descarado en su delirio “arty” y tan decidido a generar malestar, no pasan de ser detalles adicionales en la exaltación del mito del monstruo vencido que cultivaron los años de vacío. Bowie, después de todo, no estaba muerto, tan solo descansaba de su propia historia.

Lo cierto es que Where Are We Now?, por más escépticos que pretendamos ser, nos muestra a un Bowie que está en forma y que ha regresado siendo consciente de su pasado más que de su futuro. Ese hombre que aparece en el video se sujeta, ahora, de otro disfraz más, uno que se dispone a no usar maquillaje, a celebrar cierto agotamiento, a celebrar lo desganado de sí invitándonos a mirar hacia el pasado.

Es evidente que el sombrío Berlín de los 70 es el motivo detrás de la canción. Las figuras que se nombran, los lugares citados, las imágenes puestas con fingido azar en el video, sirven para darle forma a todo como si se tratara de una postal, de un mapa o carnet de viaje. Y entonces asume un sentido aún mayor cuando le prestamos atención a la portada que tendrá el disco, diseñada con acierto por Jonathan Barnbrook. En ella se hace eco del Heroes de 1977, esa pieza magistral en la discografía de Bowie. Dice Visconti que el artista del futuro ha querido recuperar el sonido de su pasado; dice Barnbrook que el título de The Next Day sugiere una visita al día anterior. Un cuadro blanco, como el vacío, oculta el rostro de Bowie, y el otrora título del disco es tachado y suplantado por el nombre del artista para dejarnos saber, así, que lo que importa ahora es la leyenda.

Parece que luego de pisar el futuro el único gobierno que nos queda es el horario de regreso. El futuro, claro, esa escurridiza materia tan amable con la nostalgia. Si caminamos hacia atrás, siguiendo la pista de la imagen del nuevo disco, llegamos al ya mencionado Heroes, ese retrato del Berlín de la Guerra Fría y evidencia obstinada del intento de escape de Bowie de sus adicciones. En varios pasajes de ese disco se alcanzan a ver puntillazos a una relativa obsesión con lo efímero y con la duda del mañana, ese que no sabemos si vendrá. Claro, el hombre encerrado en esa áspera ciudad se apoderó de ese mensaje de temor que transmitían cosas como el Muro de Berlín, el silencio y la censura de la cortina de hierro, de ese tedio, del aire de desazón, y lo dejó en varias canciones que, con el tiempo, han sabido conservar su mensaje como pequeños himnos. La atmósfera fría y desconcertante del disco, gestada con cuidado por las mentes de Brian Eno y Tony Visconti y tan influenciada por el tránsito sonoro de bandas como Neu! o Kraftwerk, se puede saborear en Heroes, la canción que da título al disco y tal vez la joya de la corona en el catálogo de Bowie. Durante poco más de seis minutos, una voz camina por un denso paisaje post atómico, alzándose como testimonio de una catástrofe inminente. Lo que comienza como una balada tranquila, se convierte con el paso de los segundos en el grito desesperado de un hombre que sabe o presiente que tan solo queda un día en su cuenta, un día para hacerlo todo imposible. We’re nothing and nothing will help us, aúlla, para rematar varias veces con un just for one day, just for one day. No habrá mañana.

Hasta ahora

Estamos ya en el día siguiente. El título del nuevo álbum y su gesto al Heroes tal vez nos quieren hablar de un Bowie que sobrevivió y ahora viene, otra vez de un nuevo mundo, con un mensaje en contravía de su tiempo. Silencio. Calma. Tal vez la ausencia de noticias previas sobre el disco, tal vez el pacto secreto que firmaron los involucrados en su producción para que no se conociera nada durante los dos años de trabajo que le demandaron, tienen que ver con eso. La novedad, en este caso, es que no existe mayor novedad que la resurrección. Es temprano para decir si será un gran disco, y fue muy temprano para decir que Where Are We Now? es una gran canción. Seguro no lo es tanto, y seguro todo la algarabía alrededor de ella, y las ventas y las cifras y los tops y hits, se deben más al culto que a otra cosa, pero es cierto, entonces, que Bowie todavía puede sacudir algunas fibras con un mensaje de simbolismos calculados. Podemos imaginarnos a The Next Day así: Bowie despertando en medio de los escombros luego de un largo sueño, un Bowie horrorizado, un Bowie que mira el mundo moderno y parece no entenderlo, que se cuestiona por el lugar en el que está ahora, preguntándose si tiene que ver algo con su pasado y, en especial, si acaso de verdad sobrevivimos a los tantos muchos fines que van y vuelven. Un día después, solo por un día otra vez.

En otra canción del Heroes, en Sons of the silent age, Bowie habla de una raza consagrada al silencio, a la lentitud. They never die, they just go to sleep one day, canta, y entonces me dejo tentar para pensar en que Bowie simplemente cerró los ojos por un día, un día que se tomó diez años. Así pasa el tiempo para los hombres acostumbrados a vivir en el futuro. Un futuro que dura un día, sí, para atrevernos a ver el día siguiente. Aquí viene.

Nota 1: Como complemento a este texto, Daniel creó una lista de 15 canciones del pasado para mezclar con Where Are We Now?

Nota 2: El anterior artículo fue originalmente publicado por la Revista Diners.